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Colaborador del mes

Pedro Sobrado

Hablar de Pedro Sobrado es hacerlo de uno de los pintores más destacados de nuestro tiempo. Torrelaveguense Ilustre con calle a su nombre y con una dilatada trayectoria que le hace vivir en primera persona algunas de las épocas más destacadas y prolíficas del arte como París en los años 60 y la movida madrileña en los años 80. Su universo creativo es reconocible por el público que demanda una afianzada obra que llega al Espacio Cultural Fundestic desde este mismo mes de Noviembre hasta principios de Enero del 2018 con la mujer tan presente en su obra de los últimos años.


En el panorama frío de la España de la postguerra, a la altura del año 1953, se realiza en Santander la Exposición de Arte Abstracto como complemento del “Primer Congreso de Arte Abstracto” y dentro del Curso “Problemas Contemporáneos” organizado por la UIMP. En esta exposición había pintores y escultores españoles representativos de la talla de Berrocal, J.Caballero, A.Quirós, A.Saura, etc… y también pintura abstracta norteamericana (B.Childe, J.D.Dowing), pintura rumana (Dimitresky, Poliakoff), franceses del grupo “Espace”, etc… Cuando se produce este acontecimiento significativo para el conocimiento de nuevos credos artísticos, se empezaban a inaugurar las primeras galerías en la ciudad de Santander, un hecho que contribuía a crear cierto clima artístico, el cual servía de estímulo cultural para los jóvenes artistas. Es precisamente en este ambiente en el que hace su primera exposición Pedro Sobrado en 1959. Tras un éxito moderado, decide ampliar perspectivas en Madrid, donde se encuentra con pintores que cultivan la abstracción o la figuración realista; otra vertiente del panorama artístico era la que cubría la Academia de Bellas Artes de San Fernando, apegada a las tradiciones. Grupos bastante cerrados a la admisión de nuevos miembros o de nuevos planteamientos. Todo ello, contribuye a afianzar la formación autodidacta de Sobrado, para cuyo método la ciudad ofrece múltiples estímulos.


La luz de Madrid y de sus alrededores con tonos tan distintos a los de las montañas de su tierra natal, le proporcionarían otro elemento tan característico de su pintura, el color, un elemento que junto con la soberanía de la línea, constituye desde aquellos años (1959-1961) un acorde constante en su obra. Es sin embargo más adelante, en la década de los 60 cuando la gran influencia ejercida sobre él por la ciudad de París, constituye al pintor que hoy en día conocemos. Su llegada a la ciudad de las luces supone por un lado la posibilidad de contemplar de manera directa lo que había sido el complejo y rico panorama finisecular de la pintura francesa, pero además, el encuentro con el lenguaje de la abstracción en auges entonces, que le interesa sobre todo en sus vertientes sígnica y gestual. Es en esta ciudad donde vive el calor del clima creado en la primavera del 68, entendiendo el lugar como un escenario idóneo para hacer ya de manera definitiva su propia apuesta en torno a la material y al color, al trazo y a la espacialidad. Es en la década de los 70 cuando se puede advertir una dulcificación en la manera en la que el pintor empieza a mirar hacia dentro, hacia la propia tradición hispánica del expresionismo. Sobrado recupera el expresionismo no para describir situaciones sino para expresar emociones. Realiza así obras donde se utiliza el color plano y donde hay un acercamiento a algunas de las formas de arte medieval, como el arte de las vidrieras o el esmalte cloisonné.


Ya en la década de los 80 y 90, se aprecia una clara reflexión en sus obras en la que se ven influencias de Van Gogh, de Cèzanne, cierto acercamiento al fauvismo. También una serie negra donde el pintor refleja la noche de la gran ciudad, adentrándose en calles oscuras y clubes para pintar lo que ve. Siempre con un esquemático trazo, fondo de betunes y cenizas, y no más asomo que algún ocasional toque amarillo, azul o rojo. Por último, es a día de hoy en el siglo XXI cuando su estilo tan personal es cada vez más depurado y sintético. Su obra presenta una amplia variedad de figuras e interiores, continuando con la investigación, en particular en las posibilidades de representación de lo femenino, retratando a una mujer en actitud intimista que reclama la mirada del espectador.

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